Ciega no es.

la justicia no es ciega

Las mareas de una série de factores

dependen, siendo la atracción gravitacional

de la luna sobre la Tierra  su principal

componente.

Como aquellas, la justicia también oscila,

entre la literalidad feroz de lo que se ha

de cumplir con el infortunado  y la

interpretación suave de la ley cual Judas

con las manos llena.

Nunca ajustada es y, aunque ciega como

la representan, con un ojo abierto duerme y,

según el objeto o sujeto a juzgar,

la venda desaparece.

Más su culpa no es, o no del todo, como

algunos nos quieren hacer creer según

interese, el hombre, al fin y al cabo,

dueño y señor de ella es.

Rápida se la utiliza cuando ha menester,

más lenta y partidista cuando intereses

concretos ha de proteger.

Carmen Vigo Navarrete.

d.a.

 

 

 

Cojeras del tiempo frío.

banco.jpg

Renqueaba del lado de los

sentimientos y andaba

manco de esperanzas y

medio ciego.

Andaba con pasos sin destino,

espantando moscas descarriadas

que entraban sin permiso en la

cuadratura cuadrada de unos

sueños perdidos.

En el suelo un cuervo herido

graznaba un último suspiro y

en la esquina nadie esperaba

a nadie, hacía frío.

Lentamente se levantaba del

herrumbroso banco del parque

desde el que cada día oía el llanto

estéril de un piano enmudecido.

Cansado de versar besos sin

rima y de sortear piedras y

espinas seguía su camino.

Hacía equilibrios para seguir

fingiendo que vivía.

Carmen Vigo Navarrete.

d.a.

Dignidad robada.

campo de refugiados

Es paciente, silente, predecible,

aunque la esperanza dé codazos

para apartarla.

Es pausada, pero sus raices se

adentran en lo más profundo

del alma.

Es sempiterna, se transmite

sin que la genética sepa nada.

Es incansable y sobrevive abonada

por los suspiros de un pecho

abandonado en la nada.

Hace caso omiso a las ilusiones,

las devora el hambre insaciable

del egoísmo humano.

Con sus garras araña el corazón

dejando un reguero seco de tristeza,

insuperable.

Viaja sin maletas ni billetes, oculta

entre las manos que secan

una lágrima.

Es reacia a la caridad, busca la

dignidad robada.

Cuando invade el lugar donde

habita el desconsuelo,

la pena mata.

Carmen Vigo Navarrete.

d.a.

Desasosiego.

fantasma

Tras una noche bajo la cama, con el cuerpo

desangelado me levanté, la sombra perturbada

por un miedo terco y obstinado en el espejo observé.

Pensando y cavilando, un buen rato pasé,

si reptar debía para llegar al quid de aquella

estampa que en mi mente ardía, o permanecer

quieta ante el desasosiego que sentía.

Más nada inteligente la razón me deparó,

al final solo hay un camino, repetí como una

letanía, procurando un tono convincente que

ni yo me creía y, como un fantasma bajo su

sábana ennegrecida por las cadenas del canguelo,

temblando cual hoja al viento, derrotada y sin

consuelo, por el suelo me arrastré, las persianas

levanté, las puertas abrí y a cada quicio, dando

gracias al cielo como alma complacida, me agarré.

La casa seguía pegada a sus cimientos, a pesar

de la noche huracanada y de los miedos que soñé.

Carmen Vigo Navarrete.

d.a.

La boina.

boina Marlene Dietrich

Cuando comenzaba a hablar la voz le temblaba y prefería estar callada. La timidez era uno de sus rasgos más característicos y sobresalientes, pensaban sus conocidos, como la nariz picuda, los ojos negros, el pelo castaño y sus pequeñas manos. Sus amigas a veces se burlaban de ella, sin mala intención, todas eran parcas en palabras, pero Marisa destacaba entre ellas. Los chicos bromeaban haciendo gestos con las manos en una burda parodia del lenguaje de signos.

Era domingo, uno más de los tediosos y lánguidos días festivos, aunque a veces pensaba que sólo a ella le parecían monótonos y aburridos. Sus amigas y los chicos que las seguían por el paseo, calle arriba, calle abajo, no parecían sentir lo mismo. Se prodigaban en risas a destiempo y voces muy altas, como si los sordos fueran ellos.          Acababan de salir de misa de diez, hora razonable para, a continuación, tener el suficiente y prudencial tiempo para recorrer la calle unas veinte veces, en ambos sentidos.

A Marisa le gustaban las boinas, las encontró por casualidad en una las pocas revistas que, raramente, caían en sus manos. Fue el descubrimiento del año. Fotos maravillosas de una mujer con boina gris y fumando. Había sido en la casa de un pariente lejano que había tenido la suerte de viajar al extranjero en una ocasión y, desde aquel lugar impreciso, llegaron por casualidad a sus manos. Hasta entonces nunca tuvo especial contacto con aquella prima, pero desde el descubrimiento deseaba tener alguna excusa convincente, o no, para visitarla y volver a visulaizar su rostro bajo uno de aquellos gorros que, por otro lado, le recordaban a los que siempre había llevado su abuelo,  aunque en ella parecían distintos, maravillosos.

Los aburridos paseos dominicales los distraía imaginándose con una sobre su cabeza y con una sonrisa al viento, pero siempre seria, como la chica de las fotos. Era su forma de encontrar la felicidad, abstrayéndose de las risas y las insulsas conversaciones de sus amigas con los chicos de siempre antes de volver a casa a la una y ayudar a su madre para la comida del mediodía que, normalmente ya estaba lista cuando llegaba, pero ponía la mesa para que cuando llegaran sus hermanos todo estuviera listo. Era el mismo ritual de siempre, nada de sorpresas, ninguna historia nueva. En casa, en su ciudad, nunca pasaba nada.

Su padre sentado en la butaca leía el diario y la miraba de reojo mientras abría y cerraba cajones del aparador y sacaba el servicio de la mesa. La madre en la cocina suspiraba de vez en cuando. A veces sentía ganas de meterse en su cuarto y soñar sin sentirse escudriñada, pero sabía que aquello era imposible, al dormitorio sólo se iba a dormir o si estaba enferma. Nada ni nadie, pensaba mientras colocaba los platos sobre la mesa, le impediría seguir escapando de la realidad, aunque fuera a golpes de sueños. Hubiera dado su vida por poder ponerse una boina en ese mismo momento.

Estaba aprendiendo a refugiarse en el laberinto ruinoso de la vida que le esperaba.

Carmen Vigo Navarrete.

d.a.

Balada imprecatoria contra los listos.

buho mirando del revés.png

Ahí pasan los listos.

Siempre de presa, alertas, husmeando

la más leve oportunidad de poner a prueba

sus talentos, sus mañas,

su destreza al parecer sin límites.

Vienen, van, se reúnen, discuten, parten.

Sonrientes regresan con renovadas fuerzas.

Piensan que han logrado convencer,

tornan a sonreír, nos ponen las manos

sobre los hombros, nos protegen, nos halagan,

despliegan diligentes su abanico de promesas

y de nuevo se esfuman como vinieron,

con su aura de inocencia satisfecha

que los denuncia a leguas.

Jamás aceptarán que a nadie persuadieron.

Porque cruzan por la vida

sin haber visto nada,

sin haber escuchado nada,

sin dudas ni perplejidades.

Su misma certeza los aniquila.

Pero, a su vez, también sus víctimas

suelen olvidarlos, confundirlos en la memoria

con otros listos, sus hermanos,

tan semejantes, tan deprisa siempre,

tratando de ocultar a todas luces

el exiguo torbellino que los alienta

a guisa de corazón.

Todo cuidado, toda prudencia,

de nada valen con ellos,

ni vienen a cuento.

Su efímera empresa, al final,

ningún daño logra hacernos.

Los listos, os lo aseguro, son inofensivos.

Es más, cuando me pregunto

adónde irán los listos cuando mueren,

me viene la sospecha de si el limbo

no fue creado también para acogerlos,

sosegarlos y permitirles rumiar,

por una eternidad prescrita desde lo alto,

la fútil madeja de su inocua cuquería.

Ignoremos a los listos y dejémoslos

transitar al margen de nuestros asuntos

y de nuestra natural compasión

a mejores fines destinada.

Álvaro Mutis.